Cuando queremos enviar una carta, enseguida se nos viene a la cabeza la imagen de ese poste de hierro amarillo que decora muchas de las calles de nuestras ciudades.

Pero los que tengan más años, también, pensarán en otros grises, en las impresionantes bocas de león o en los pequeños agujeros empotrados en las paredes.

Fue en 1762 cuando apareció la primera referencia escrita sobre los buzones en España. Lo hizo en las Ordenanzas de Campomanes y en cuyo artículo quinto se decía que: «… se mandaba abrir agujeros o rejas en todas las Hijuelas o Veredas, por donde se echen las cartas…» para evitar la pérdida de la correspondencia.

No fue hasta mediados del siglo XIX cuando se sitúan buzones en los puntos extremos de Madrid para que se depositasen las cartas que serían recogidas dos veces al día.

Poco a poco fueron estableciéndose más buzones según las necesidades del momento. Desde su aparición, los buzones han ido cambiado de aspecto, también de lugar de colocación, materiales o motivos decorativos.

Unos de los más llamativos, son los anteriormente mencionados buzones de cabeza de león, de los que el Doctor Thebussem decía que se usaban «como atributo de la heráldica y símbolo del valor y la bizarría de príncipes y adalides y de que el Correo, más amigo de paz y mansedumbre que de guerra y altivez, ha partido siempre su escudo con palomas, caballos y cornetas, adornándolos de látigos y espuelas o de palmas y olivas»

El Museo Postal y Telegráfico, posee una gran colección de buzones que nos ayudan a viajar y conocer la evolución de los mismos. Una de las piezas más significativas es la réplica del buzón de los letrados instalado en el antiguo Archivo Histórico de La Ciudad de Barcelona que tiene como motivo el escudo del Colegio de Abogados de Barcelona, cinco golondrinas y una tortuga alegoría de la justicia.

También, en la Biblioteca de Correos se puede consultar documentación sobre buzones e imágenes para ilustrar su evolución a lo largo de la historia, que también, es la evolución de esta institución.